DEDICADO

Este blog está dedicado a mi musa Mercedes Karina

3/21/2013

LOS MAESTROS

Los Maestros
por Pedro Patzer*
 
Nunca he visto a mi padre leer un libro, jamás me habló de Homero, ni de qué es una metáfora, sin embargo nadie me ha enseñado más de la Literatura que él. Su drama, sus victorias y derrotas me hablaron de Shakespeare sin mencionar la palabra Shakespeare.
Jamás asistí a un curso sobre la época azul de Picasso, sin embargo haber padecido la crisis del 2001 y la matanza de Kosteki y Santillán me instruyeron en el alarido azul de esa etapa picassiana.
No estudié en el conservatorio, ni siquiera fui a una clase de guitarra, aunque conocer las manos de los mineros jujeños me enseñaron de qué está hecha la música de Ricardo Vilca.
Y el color de la hondura de los Juanitos Laguna de Berni los alcancé en los pibes que duermen en las escaleras de Plaza Constitución y la nostalgia del paraíso perdido que tiene el tango me la inculcó el anciano que cada atardecer le da de comer a las palomas.
¿Y Dios? Dios me lo explicó la sonrisa del moribundo, a Dios lo aprendí en el hasta mañana del agonizante, en el etcétera del desahuciado.

3/01/2013

Caballos Salvajes


Caballos Salvajes
por Pedro Patzer*
 
Al leer biología comprendemos a la naturaleza como hacedora de metáforas: el gusano se convierte en mariposa, aunque esto lo haga vivir apenas horas. ¿pero cuándo estuvo más vivo, en los años que fue gusano o en las horas en que fue mariposa? Muy pocos sonidos de la naturaleza representan la sinfonía de la libertad como el cabalgar de un caballo salvaje. Tal vez su andar se parezca al río sin nombre que surge en la montaña y que emancipado de cualquier mapa va trazando su curso, saciando la sed de los resignados paisajes.
Un caballo salvaje es como la bandera de ningún país, bandera dibujada por un niño que imagina una patria nacida del idilio entre una estrella fugaz y la una pelota de trapo. El caballo salvaje es la reencarnación de aquella flecha que el indio lanzó al aire hace siglos y hoy sigue buscando su horizonte libre.
Cabalga sin Dios, cabalga sin nombre, cabalga como un viento siempre forastero, cabalga, cabalga, cabalga como cabalga el solitario horizonte hacia la noche de la llanura.
Tal vez el caballo salvaje sea el rayo de una tormenta secreta, relámpago de las tempestades de los desiertos que en su trote halla las ciudades perdidas y los cantos secretos de los caminos.
Quizás los caballos salvajes nazcan de las canciones que no creamos, de los caminos que no transitamos, del recuerdo inmodificable, de la campana sonando en el domingo de la niñez. Caballos salvajes que cabalgan como el vino en el corazón nocturno del zafrero, cabalgan como una infancia que se aleja del moribundo corazón del adulto, cabalgan como el carnaval en el recuerdo de un exiliado de febrero.
Tal vez los caballos salvajes estén hechos de los potreros vacíos, de los trenes que perdimos, de la agonía de los barcos pesqueros y de los barcos fantasmas y de los charcos que carecen de barcos de papel. Quizás los caballos salvajes estén hechos de los atardeceres proscriptos en la celda, de las payadas sin Santos Vega, tal vez estén hechos de los patios sin rayuelas y del mundo sin Cortázar, de la lluvia en los hospitales, y de los cotidianos Waterloo que padecen los napoleones del Borda; de las calesitas clausuradas (calesitas sin caballos salvajes, sólo caballitos de madera e intemperie); de la multitud sin su caudillo, del pan duro que sólo multiplica hombres sin milagros.
Caballos salvajes que cabalgan como el guanaco sideral en el cielo austral, cabalgan como hijos del malón, cabalgan como los espectros de Felipe Varela y Quiroga en la copla, cabalgan como milonga urgente en busca de una guitarra.
Muchos afirman que ya no hay más caballos salvajes, yo creo que los caballos salvajes persisten en esos lugares que muy pocos llegan y que algunos habitan leyendo, escribiendo un libro, pintando, educando, amando, haciendo una revolución o simplemente cerrando los ojos y despertando hacia los paisajes de adentro.
¿Acaso cuando del barro del silencio se halla una copla, o cuando alguien hace de la muerte de cada lunes (de la existencia) un prólogo del milagro, no alcanza ese recóndito lugar donde habitan los caballos salvajes?


Tejada Gómez, el beso y la revolución
por Pedro Patzer*
Tejada Gómez a los quince años padeció la muerte un hermano, en ese instante sintió la necesidad de componer una plegaria, y sin saberlo, tal vez la furia propia de la pluma, lo condujo a escribir su primer poema, es decir, su primera oración al Dios de los Quevedos, al Dios de los César Vallejos, Al Dios de los Rubén Daríos, AL DIOS de los poetas. Esa necesidad íntima de escribir dejaría de ser una plegaria privada para transformarse en una canción con todos. Porque la obra de Tejada coincide con eso que sostenía Homero Manzi: “antes que ser un hombre de letras prefiero hacer letras para los hombres
La Poesía de Armando Tejada Gómez es un camino hacia nosotros mismos, una obra espejo del pueblo, porque la palabra de Tejada es parte de ese pentagrama del futuro que se escribe cantando, es una humana ventana para mirar la vida, porque la Poesía de Armando arde en nuestro corazones, con ese fuego que purifica y renueva, porque este poeta de la legua reúne en sus versos al rufián y al ángel, al cantor y a la ramera, y a todo aquella riqueza espiritual que expresa la hondura argentina.
Líder del nuevo cancionero, Tejada se propone hacer poesía con la conciencia popular, integrando las diversas voces de la Argentina en un gran canto, así, copleras del viento y hombres de río, chayas que saben a vinos de pobres, cuecas de tomeros, hombres de ají, canciones para forasteros y para niños en la calle.
Sin embargo, lo que más me interesa de la obra de Armando es su relación cercana con el canto, y esto me incumbe porque cuando la palabra es cantada por el pueblo, la palabra deja de ser palabra y se transforma en plaza, pan, pájaro, beso, recuerdo, bicicleta,  revolución.

2/17/2013

En el patio de la cárcel

En el Patio de la Cárcel
por Pedro Patzer*
He buscado  los códigos ocultos de la existencia, como por ejemplo, escuchar el eco de mi corazón en fastuosos templos donde Dios ha sido declarado desierto. También, he visto cómo los caballos salvajes no necesitan cabalgar el antiguo sendero, pues la libertad tiene un solo camino (comienza y acaba con cada caminante)
He visto el azul del relámpago rural y el amarillo de la soledad urbana, he  imaginado la ironía de un pajarito cantando en el patio de la cárcel.
He sido pasajero de trenes a ninguna parte (o quizás tenían como destino, el mismo que el viento alguna vez transitó mi infancia)
Demasiadas ocasiones he confundido andenes con muelles (aunque todo era cuestión de naufragios)
Las palabras no poseen semejante cantidad de música para interpretar la sinfonía de tantas ausencias, sobre todo cuando de tanto ver se comienza a ser lo visto. Por eso aprendí a llover sobre los tejados corrompidos por auroras. Por eso comprendo la irremediable soledad que desata en mí la palabra: “pajarito”

1/11/2013

La dignidad del fantasma

La dignidad del fantasma
por Pedro Patzer*
 
No hay nada más triste para un fantasma que regresar a esta vida  y encontrarse hecho estatua.
Es como si un guerrero espectral volviera de la muerte (alcanzada en el campo de batalla) y hallara su temible espada dibujada en un naipe, o que el intrépido Capitán, que sorteara innumerables tempestades, diera con su barco encerrado en una botella.
Los fantasmas poseen una dignidad que no les permite comprender por qué los vivos insisten en apresar a todo aquello que supo consagrarse a la aventura de la trascendencia.

12/22/2012

ELEGÍA A LA INFANCIA





Elegía a la infancia
por Pedro Patzer*
Las más hondas elegías fueran escritas por gente que jamás intentó escribir una elegía y, que seguramente, nunca supo qué era una elegía (canto que lamenta a cualquier cosa que se pierde).
Tal vez toda obra humana sea una elegía a la infancia, un canto a la muerte de la niñez (ese primer párrafo de vida que condiciona para siempre el desarrollo del cuento de la existencia)
¿Habrá funerales simbólicos para la muerte de nuestra infancia? ¿Serán los errantes caminos testamentos de la niñez? ¿Nos acechará el espectro de la infancia en forma de amor, en bullicio de deseo? ¿Sabremos si fuimos asesinos de nuestra infancia o si ella vaga moribunda por nuestros sueños? ¿Reencarnará, nuestra niñez, en un pájaro, en el traqueteo de un tren partiendo hacia el domingo, en el baúl del barco abandonado que aún espera la llegada del polizón? ¿En la campana que mueve el viento en el patio vacío de la escuela? ¿En los ladridos de la noche sin música? ¿En el atrio donde el mendigo reza por el alma del sacerdote que lo entregó al infierno de la intemperie?
El hombre busca su infancia perdida, pues ya ha olvidado qué manzana ha mordido para haber sido desterrado de tan inolvidable Paraíso.


11/23/2012

MILENIOS DE HOMBRES Y MUJERES



Milenios de Hombres y Mujeres
por Pedro Patzer*
 
Milenios de hombres y mujeres entre albas y ponientes, entre partos y funerales, entre otoños y esa misteriosa estación que debiera existir entre el sonido de la campana y el silencio de un pescador , milenios de hombres y mujeres entre el lunes y el abismo, entre pobres poderosos y ricos mendigos, entre la matanza y el arte, entre lo que oculta el árbol y lo que pronuncia el viento, milenios de hombres y mujeres entre dioses y espadas, entre barcas solitarias y multitudes sin rumbo, milenios de hombres y mujeres contemplados por la misma luna (luna a veces humanamente sangrienta, otras, poéticamente hambrienta) Milenios de hombres y mujeres intentando descifrar lo que confiesa el anciano coro de la lluvia, averiguando cuántos caminos han recorrido las montañas en sus siglos de quietud. Milenios de hombres y mujeres entre los jazmines y las agonías; entre hambrunas y frutos prohibidos, entre el cuerpo del profeta y el del desaparecido.
Milenios de hombres y mujeres entre conquistadores de vida y vidas conquistadas, entre ríos envenenados por imperios y diluvios convocados por tribus sagradas; milenios de hombres y mujeres acechados por el color rojo y cobijados por la sabiduría del azul, acompañados por la cósmica impunidad de las estrellas y la lejana metáfora del sol. Milenios de hombres y mujeres entre Cristos y Judas, entre realidades y leyendas, entre hacheros y sembradores, entre vírgenes y difuntitas, entre Rey Midas y San Francisco de Asís.
Milenios de hombres y mujeres tratando de comprender la broma del desierto, y el destino de los mares.
Milenios de hombres y mujeres entre lo que denuncia el mundo en cada vida de un hombre y lo que calla Dios en cada muerte humana.

11/17/2012

La Canción Popular

La Canción Popular
por Pedro Patzer*
 
A Leonardo Favio
Una canción popular se parece al humilde pesebre de Cristo y al burdel de provincia, goza de una profunda sencillez, aunque posee un sentimiento tan complejo como el mismo corazón humano, como la rústicas manos de un herrero que pueden dar la más sensible caricia a la guitarra.
Tal vez la canción popular sea lo más parecido al pájaro que un hombre pueda crear. Pero no a los pájaros lejanos que le temen a la gente, sino a los pájaros curiosos que buscan migas de vida entre lo humano. El poeta Edgar Morisoli afirma que la diuca no canta porque amanece en la Pampa, sino que en la Pampa amanece porque canta la diuca. Lo mismo podemos señalar de las canciones populares, ellas de alguna manera son amaneceres de los sentimientos de la gente, porque las canciones populares acompañan al pueblo en medio de sus soledades crónicas, son canciones antorchas, obras tan simples como amasar un pan pero tan hondas y complejas como todo lo que simboliza el pan. Porque las canciones populares se entonan en pensiones famélicas, donde el mundo ni siquiera tiene fuerzas para acabar (ni para comenzar del todo) Canciones que se alzan en calabozos, a canto armado, canciones subversivas de sol y flores, de vida; canciones con estribillos de libertad, canciones que nos enseñan a caminar, que nos ayudan a vivir y que nos preparan para morir.
A veces las canciones populares son espejismos en el desierto. Muchos dirán: “pero los espejismos son sólo ilusiones”. Pero amigos, a veces hacen tanta falta las ilusiones, un hombre sin ilusiones goza de la pobreza más desnuda.
La canción popular sabe más a guiso que a rosas, más a plazas que a teatros, más a vino de minero que a champán de empresario. Ella tienen la virtud de andar con zapatos baratos, siempre caminando el barrio, a veces en la fábrica, otras en las universidades.
Una canción se recibe de popular cuando es silbada por un obrero, cuando un cartero la tararea de carta en carta, cuando un lustrabotas le saca brillo mientras pone a punto las armas del caminante.
Muchos aseguran que una auténtica canción popular debe ser coreada en la cancha, yo prefiero pensar que una auténtica canción popular acompaña en el más profundo silencio a las masas, está presente en el silencio del que despide a un ser amado, está presente en los andenes y en las terminales, en los lunes del desempleado, en el amanecer de la ramera, en la guardia de la salita donde el pariente del paciente espera un diagnóstico, en el exilio de muchos, en la nostalgia de otros. Y por supuesto, en el silencio de dos que se aman.
Una canción popular alcanza lo que la lluvia en un techo de chapa, lo que sugiere el fantasma del tren en la estación abandonada, ella tiene algo de casa de adobe y de ermita de santo pagano. La canción popular posee la misma tristeza del vagón de carga y la misma alegría del adolescente en primavera. Ella sabe dar sombra para el peregrino del desierto y sabe convidar calidez para el que tiene invierno en el alma.
La canción popular no se hace en laboratorios, ella es hija de la vida, es fruto del árbol sagrado que el humano lleva dentro, es un ejercicio de redención.

10/31/2012

Los Soñadores!





Los Soñadores 
por Pedro Patzer*
 
 
Por la realidad luchamos, por los sueños vivimos. Por el mundo resistimos, por la vida soñamos.
Los caminos no comienzan sin sueños; sin sueños los horizontes sólo serían meras murallas y sin soñadores el mundo sólo sería lo que dicen los diarios. Sin soñadores no habría genios en la lámpara ,ni los árboles tendrían futuro de guitarras, sin soñadores las orillas no se amarían hasta parir el puente y las estrellas sólo serían piedras perdidas en el cielo.
Sin su constitución de sueños el alma sería algo que las radiografías podrían detectar y un objeto que los economistas podrían cotizar. Se iniciaría el mercado negro de almas, aunque el alma no se deja numerar, ni siquiera que se le ponga nombre, porque el alma es hija de lo innombrable, como el amor, como la muerte, como la vida.
La infancia es una semilla que surge en el adulto en forma de sueño. El sueño es el embrión del espíritu. El sueño nos ayuda a dejar atrás la máquina y el animal, y nos conduce hacia la canción de adentro. Curiosamente la canción interior se consigue en el silencio, pues el sueño es la obra de arte del silencio, aunque también el sueño es la obra de arte de la realidad. Es decir, la realidad se supera con un sueño. Sólo en la adversidad se comprueba lo divino que puede ser un sueño humano, el sueño es el primer milagro humano. ¿Cuántos soñadores ha dado la sequía, cuántos la inundación? ¿Cuántos poemas escritos en los calabozos del mundo, cuántas canciones creadas en el tenso silencio de las guerras? ¿Cuántas luminosas pinturas urdidas en tiempos de oscuridad?
Un pueblo sin sueños podría llamarse como sus soledades, pues cada sueño de aldea crea una nueva galaxia. Porque un sueño de solitario puede liberar a multitudes, pero las multitudes esclavas jamás pueden oprimir a un soñador solitario. Un hombre es grande, conforme el tamaño de su sueño, el sueño es la escuela de la integridad humana, el faro que nos guía en el océano de la existencia.
El sueño nos enseña que el corazón del hombre es un aurora latente que debe ensayar nuevos amaneceres

10/15/2012

El Silencio de mi Madre

El Silencio de mi Madre 
por Pedro Patzer*
 
Podría leer todos los ensayos de poesía, ponerme al día con Platón y con los historiadores de arte, pero jamás conseguiría lo que mi madre en su silencio. Porque mi madre aprendió todo lo que pretende el viento cuando hace de la camisita tendida, una bandera de la patria de las terrazas del barrio. Porque en el silencio de mi madre el traqueteo del tren de los que resisten, y el himno de las hamacas en los parques, en su silencio la ronda de los niños cósmicos y los astronautas de la ternura que sueñan con conquistar, definitivamente, el corazón humano. Porque en el silencio de mi madre habitan todos los perdones que el mundo y yo no nos hemos ofrecido, y los innumerables mundos que son posibles en este mundo. Porque el silencio de mi madre es el templo sin mercaderes, el río donde el pescador pobre consigue su pez dorado, porque en el silencio de mi madre se practica la única religión que libera al hombre: la bondad.
Allí, en esa cima del espíritu que es el silencio de mi madre el pan no se vende ni se compra, y el horizonte no se alambra, y la ternura es el idioma oficial de las miradas, porque en el silencio de mi madre se aprende a ser rico con las manos vacías, porque allí, en ese paisaje de Dios que es el silencio de mi madre, nacen mis palabras.  

9/25/2012

LOS HIJOS DEL TREN

Los Hijos del Tren 
por Pedro Patzer*
 
Muchos afirman que los argentinos somos hijos de los barcos, aunque nuestra cultura popular demuestra que los argentinos somos hijos de los trenes.
¿Cuántos sabores, cuántas tonadas, cuántas leyendas, cuántas coplas, cuántos ritmos se trajeron de las provincias en tren? ¿A cuántas querencias el tren les quitó la sed, a cuántas el hambre? ¿A cuántos pueblos les puso nombre con su llegada y a cuántos los hizo silencio al dejar de pasar? Porque el tren en Argentina es padre de pueblos y también padre de desiertos. Padre de recuerdos y padre de olvidos. Padre de la imaginación (los niños y los trenes forman una congregación mágica, una hermandad donde la próxima estación todavía no ha sido fundada, pero nadie duda que en el próximo juego habrá de ser creada) También el tren es padre de la nostalgia ya que el tren y los ancianos ferroviarios comparten secretos íntimos del paisaje espiritual, y a medida que pasa el tiempo y el tren deja de pasar y el ferroviario se queda sin trabajo, todo ese diálogo entre el tren y ferroviario se hace vino, silencio poblado de desiertos, o como bien señala el poeta cordobés Daniel Salzano, hijo y nieto de ferroviarios: “¿Qué es lo que hace un ferroviario cuando le quitan el tren?/ Primero se vuelve loco, después empieza a beber?
El tren es uno de los grandes temas de la argentinidad, es la gran deuda que el estado tiene con el corazón del pueblo. El tren es cultura, patrimonio humano, es una especie de santo pagano al que se le han derribado la mayoría de sus templos. Sin embargo sus devotos permanecen de pie, orando las antiguas plegarias ferroviarias: “Pato Urribarri el ferrocarril/ Que vos soñabas regresará?/ Prendele bala, te tengo fe/ Las vías muertas adonde van?/ Días felices los del andén./ De los regresos y el terraplén/ ¡Que vuelvan pronto / Que duele el alma!/ Sin los rezongos del viejo tren” (Concordia, Antonio Tarragó Ros)
El que inventó el tren seguramente ignoraba que en Argentina su creación se convertiría en un prócer de los caminos, porque el ferrocarril ha sido el gran baquiano del país, baquiano de metal, resero de lata, arriero de acero, rastreador de nuestros confines (los geográficos y los humanos) Su paso no sólo hizo trabajar a los cartógrafos, su huella fue creando historias de vida. El tren es una especie de biógrafo del corazón de la Argentina profunda. La llegada del tren al pueblo, era todo un acontecimiento como relata el más importante argentinólogo, Luis Landriscina: “Los que viven en Buenos Aires y usan los ferrocarriles de Buenos Aires tienen que entender que no es lo mismo un tren suburbano que un tren que pasa por un pueblo. Para los provincianos el tren es un acontecimiento: la estación era una fiesta una hora antes que saliera el tren del otro pueblo. La gente iba y se paseaba en el andén como si fuera un paseo público. Las mujeres mayores del brazo, charlando, algunas iban con el tejido, los mozos se juntaban ahí porque las chicas en edad de merecer se paseaban del bracete y muchos romances nacieron ahí”
Cada tren de la Argentina profunda tenía su acento, el tren del fin del mundo (de Ushuaia) balbuceaba como pocos el silencio patagónico, mientras que el tren correntino, llamado trencito económico, tenía un traquetear bilingüe, chamuyaba en español y en guaraní: “Trencito Pÿhá guazú algún mentido progreso/ Te fue robando las vías/ Te llevaron al museo sin tener en cuenta/ La historia que encierra la voz de un pueblo/ Por eso te canta mi alma, sangre, corazón y vuelo/ Kuriyú de las Maloyas oh! Che Trencito paguero.” (El trencito económico, Mario Bofill)
El tren ha conformado la identidad argentina ¿Cuántos artistas abrazaron el país gracias al tren? Los Hermanos Ábalos hacían sus giras en tren, de hecho “agitando pañuelos”, uno de los gestos de eternidad de estos santiagueños, transcurre en una estación de tren. De alguna manera el pañuelo de la zamba es también una vieja bandera de ese país que es el adiós en los andenes. ¿Alguien llevará la cuenta de todos los que se reencontraron y se despidieron en los andenes? El periodista Ricardo Acebal me informó que Roberto González ,el que fuera el último jefe de la estación Udaondo, fue enterrado en la misma estación donde trabajara toda su vida. Ya el tren no pasa más por Udaondo, tal vez se fue con el antiguo jefe de estación.
David, un amigo de la adolescencia se suicidó echándose a dormir en las vías ¿Será que él quería matarse o tal vez sumergirse en el sueño ferroviario, en el amanecer de los trenes del sur, en la aurora del terraplén, en la estación que se alcanza después de los etcéteras?
¿De alguna manera, los suicidas que eligen al tren para irse, buscan llegar a otro estación humana? ¿Qué misterioso equipaje llevarán los suicidas del tren? ¿Sacarán un boleto hacia el otro lado de la vida o tal vez sueñan con que la eternidad es un expreso que sin paradas los lleva al país de la calma? Existe una O.N.G, llamada “Estaciones del alma” dedicada a atender a los familiares de los que se han suicidado en las vías.
Deberíamos inventar una virgen de los trenes, una virgen para orar en nombre de cada suicida que decide tomarse el tren rápido hacia la paz. Tal vez, la llamaríamos Virgen de los andenes, o por qué no: Virgen de los que se fueron a buscar un mundo mejor sobre los rieles.
Tantos hijos han dado los trenes, como tantos hijos los ferroviarios. Yupanqui solía decir que su padre, era un ferroviario pobre con libros ¿Qué clase de libros habrá leído este ferroviario, para esculpir tantos paisajes humanos en el espíritu de su hijo?
María Elena Walsh se presentaba como hija de un ferroviario que tocaba el piano ¿Se imaginan el sonido de ese piano ejecutado por las manos de un ferroviario? ¿Cuántos paisajes en esos sonidos, cuántas estaciones de la Argentina pretérita en esa música habrán empujado a María Elena a buscar por siempre la honda niñez de los argentinos?
Manuel J. Castilla nació en la casa ferroviaria de la Estación de Cerrillos. El poeta era hijo de un ferroviario, su padre era el jefe de estación de Alemanía (Salta). La poesía de Manuel J. siempre anduvo sobre los rieles de la melancolía: “Oh Padre, adiós perdido entre los trenes,/ nadie despide a nadie en los andenes/ donde no sé por qué yo siempre espero,/nadie despide a nadie hasta que un día/ en un remoto tren de Alemanía/ adolescente, con ustedes, muero” Tan ferroviaria era la poesía de Castilla que tituló a uno de sus libros “Andenes al ocaso”, obra que termina con estos versos: “y al final, dentro del sueño, en un andén remoto/ pierdo el último tren que me salvaba
Sin embargo, los hijos de los trenes no son sólo los que tuvieron padres ferroviarios, porque el tren es como un río de infancias saciando la sed más adulta del alma del país. Roberto Arlt escribió: "Algún día moriré y los trenes seguirán caminando” Borges dijo “Buenos Aires es Lugones, mirando por la ventanilla del tren las formas que se pierden y pensando que ya no lo abruma el deber de traducirlas para siempre en palabras, porque este viaje será el último” Recordemos que Lugones fue a la muerte en tren (fue en tren al Tigre, donde se suicidara) El escritor jujeño, Héctor Tizón advirtió: “Cuando yo era niño, significaba una prenda de orgullo saber que esta nación era la primera, en Sudamérica, por la extensión de sus líneas ferroviarias...Ahora estamos viendo pasar, en esta tarde y en la polvorosa aldea, quizá los penúltimos trenes antes de que desaparezcan como desaparecieron las recuas de asnos y de mulas cargadas con bienes y enseres para el trueque. O las tropas indigentes de las últimas guerras de la Independencia, tan demoradas en la memoria aquí como olvidadas en Buenos Aires, esa ciudad de tenderos señoritos, como decían los viejos.
Ricardo Pérez Apellaniz, poeta de la bonaerense Daireaux, resume en versos, el espíritu de las desaparecidas estaciones de tren: “Memoria, sí, de la Estación del Sud con el entrañable submundo que creaba y recreaba cada llegada, cada partida de cotidianos trenes. Memoria, sí, de las arpilleras orejudas que embolsaban progreso, sudadas por titánicos changarines que ‘burreaban’ las estibas del ‘ granero del mundo’; de chatas remotas y sucesores camiones desplazando fertilidad por toneladas. De la acerada hilera de galpones con sus ángulos rectos forzados a remache de zinc y zinc acalanado donde se multiplicaron riachos efímeros desplomados por las lluvias. ¡Cuántos milímetros habrán pulido el chaperío en las cíclicas andanzas de la naturaleza! Y cuantas veces fraguado la luna sobre sus lomos hasta parecer que ella misma se había metamorfoseado en chapa”
El tren ha dado hijos como el doctor Laureano Maradona, que se bajara del tren en plena selva formoseña (en la estación Estanislao del Campo) para atender a una parturienta, y que se quedara por más de sesenta años, curando a los indios de esa comunidad.
Neruda, hijo de un ferroviario de Temuco se preguntaba: "¿Hay algo más triste en el mundo/ que un tren inmóvil en la lluvia?" y me atrevo responderle al genial poeta. Hay algo más triste: una estación de vías muertas, es decir, un pueblo muerto por la ausencia del tren. “Estación vieja y deshecha que fuiste una romería,/ cuando era todo alegría pa los tiempos de cosecha./ Hoy parece que te pecha el mancarrón del olvido,/quién sabe por dónde han ido bolseros y capataces,/hombres fuertes y capaces que pa siempre se han perdido” (Luis Domingo Berho)
Por estas y por tantas razones más, cuando alguien le diga que los argentinos venimos de los barcos, recuérdele que venimos de los trenes, de esos trenes de provincias, económicos, con comida casera y música de querencia, trenes donde la niñez acumula paisajes y la argentinidad se apresta a renacer.

8/16/2012

El Misterioso Mapa


El Misterioso Mapa 
por Pedro Patzer*
 
Nadie nos ha advertido que dentro de nosotros hay un misterioso mapa donde las ciudades que fuimos muestran sus templos y sus ruinas y donde los ríos que seremos dan testimonio de su eterna búsqueda de la mar.
Podríamos sospechar que ese mapa interior ha sido urdido por Dios, aunque los escépticos señalan que ha sido construido por el mismo cartógrafo que hiciera la estrella y la montaña, el silencio y la palabra, el olvido y la memoria.
Si bien no hay historiadores que recuperen la historia de los hombres y mujeres que habitaron las ciudades que retrata ese mapa, algunos arqueólogos del misterio, es decir, algunos sabios, argumentan que allí se ubica la exacta ciudad que media entre el cielo y la tierra, entre la noche y el día, entre la muerte y la vida, entre el abismo y la esperanza, entre eso que llaman mundo y nuestros sueño

8/08/2012

LA CIUDAD DE LOS CÉSARES, LA CIUDAD DE LOS NÁUFRAGOS




La ciudad de los Césares, la ciudad de los náufragos
por Pedro Patzer*
 
¿A qué sarcástico dios se le ocurrió fundar una ciudad fantástica en el sur de la leyenda, en el sur de la soledad, en el sur de la tempestad?
Y fueron a creer que los vientos hicieron nido en el desierto y levantaron una ciudad ilusoria, capital del mito patagónico. ¿Cuántos hombres murieron de hambre buscando los deliciosos banquetes de la ciudad de los Césares? ¿Cuántos exploradores murieron en la pobreza tratando de hallar el oro de esta fantástica ciudad?
Sebastián Gaboto despachó al capitán Francisco César a explorar las tierras australes, César halló una provincia fértil con mucho ganado y multitud de gente rica en oro y plata.
Siete año tardó Francisco César en regresar, siete años que bastaron para hacer su nombre eterno en la leyenda de una ciudad. La ciudad de los Césares, espectral ciudad que los conquistadores imaginaron en la Patagonia, algunos hasta indicaron que se hallaba en la sierra de Lihuel Calel:“Ciudad de los Césares, flor de los desiertos patagónicos fue la ciudad encantada de los Césares, con suntuosos templos y magnífico caserío, entre dos cerros, uno de diamante y otro de oro. Tan grande era que, para cruzarla de extremo en extremos, se ponían los días” (Ciro Bayo, los Césares de la Patagonia)
Juan de Garay se propone hallar la ciudad perdida, aunque la muerte le gana de mano. Hernandarias sale de Buenos Aires en 1604, y durante cuatro meses la busca junto a doscientos hombres y decenas de carretas. Se resigna al llegar al río Colorado. En 1622, Gerónimo Luis de Cabrera la busca desde Córdoba. Tanto Hernandarias como Cabrera, encaminan sus expediciones hacia las zonas de las pampas y la Patagonia. Ninguno consigue encontrar la ciudad de los Césares.
¿Cuántos mapas afiebrados de sepia indicaron erróneamente la ubicación de la Ciudad de los Césares? ¿Qué semilla de los vientos haría crecer una ciudad ilusoria en el medio del imperio del desierto?
Ciudad de los Césares poblada por hombres colmados de desiertos, por exiliados de los barcos y la sal, hijos de la tempestad, huérfanos de los torpes mapas que discuten amarillo con el oro.
“La Ciudad de los Césares estaba edificada en en la isla de un misterioso lago, rodeada por murallas y fosos. Los hombres que en ella moraban eran de gran estatura, blancos y barbados; vestían capas y chambergos con plumas y usaban armas de plata” (Ciro Bayo, los Césares de la Patagonia)
Dicen que la ciudad de los Césares era una ciudad hecha de náufragos, una tierra habitada por veteranos del océano, por errantes de la mar, por mendigos de los vientos. Atestada por moradores de la provincia de la leyenda, donde el censo del relámpago y el silencio, hace inventarios de los devotos de la virgen del pampero, del santo del naufragio, allí, donde cada paso hizo un templo y cada tormenta un cementerio
En la ciudad de los Césares eran invulnerables y longevos. Un reino en el que la vida se deslizaba feliz y deliciosa” (Ciro Bayo, los Césares de la Patagonia)
El hombre siempre ha buscado ciudades invisibles, ciudades que estuvieran pobladas por las presencias de sus ausentes, ciudades donde el invierno de pólvora y la primavera de sangre estuvieran proscriptas. Aunque los conquistadores no buscaban el sol de la leyenda, sólo perseguían el oro de la tragedia.
¿Cómo serán las ruinas de una ciudad imaginaria, los escombros de una ciudad ilusoria, los restos de la Ciudad de los Césares?
La leyenda de esta ciudad encantada hubo de arraigarse tanto en los corazones de los pobladores de América, que a la Patagonia se la llegó llamar: “la provincia de los Césares”
Algunos argumentan que esta ciudad fue encontrada y se llama Machu Picchu, otros sostienen que ella nunca ha sido hallada, porque es un ciudad que sólo se deja habitar por los náufragos del viento.
Cuando se juntan la historia y la leyenda, paren ciudades en las fronteras de los hombres y los fantasmas. Cuando se juntan los silencios y los vientos, engendran ciudades que no caben en los mapas.

8/01/2012

Soy Pachamama, soy tu verdad


Soy Pachamama, soy tu verdad
por Pedro Patzer*
 
“Se está produciendo un reventón de estrellas. Si parece que Pachamama colgara del cielo, en cada atardecer, las espuelas de todos los gauchos que desertaron de la vida"- escribió Atahualpa Yupanqui
Pacha es universo, mundo, tiempo, lugar. Por lo tanto, Pachamama es madre de la tierra, madre del lugar, madre los valles, madre de los cerros. Aunque en algunas regiones del noroeste argentino  se cree que la Pachamama es una anciana que vigila a todo lo que vive en los valles; custodia los tesoros de los antiguos, a ella le pertenecen todos los animales salvajes, ella provoca temporales y aludes
¿Será la Pachamama los países de lodo que lleva en sus pies el niño del altiplano o  acaso el verbo de la chicha, el idioma escondido que posee el vino en sus entrañas? ¿Será la memoria del primer paraíso del continente o tal vez la sed que tuvo el primer caminante de esta tierra? ¿Tal vez sea la protesta de lluvias y astros que insisten sobre el arriero y el minero, sobre el artesano y la tejedora, sobre
el peón y el peregrino? ¿Acaso la Pachamama sea eso que siempre está por decir el silencio de Abra Pampa , la cosquilla triste que besa las casas de adobe; ese dios dormido en los tejidos de Yavi, esa modesta artesanía de lo eterno, ese  murmullo milenario de puneña añoranza?

¿Será la Pachamama el pentagrama de cordillera, la partitura andina, la sinfonía de América? ¿Acaso el lenguaje de los antigales, los tesoros de arcillas que develan los sikus? ¿Será la raza desnuda, la ofrenda milenaria del sol sobre el horizonte de esta tierra?
¿Tal vez sea los ríos, la alegría de los cereales, la lluvia corrigiendo el sopor de los caminos, la vicuña y la llama que calman
el hambre del kolla? ¿Será lo que sueña el que masca coca, será el
frescor de las tinajas hechas a mano por la indiecita? ¿qué será la
Pachamama, le preguntan sus hijos - los cerros - a las nubes del
altiplano?

La Pachamama es el alma de la América descalza 

7/19/2012

Borges y el brusco don del espíritu




Borges y el brusco don del espíritu
por Pedro Patzer*
 
Decía, este griego nacido en Buenos Aires, que la poesía era “un brusco don del espíritu” y que en los arrabales se desataban “silenciosas batallas del ocaso”, en esos mismos arrabales donde él sorprendía a los compadritos espectrales regresando “a su cuchillo y su puta”
Este transeúnte cósmico que creía que el Río de la Plata era un “azulejo oriundo del cielo” y que solía afirmar que al gaucho “Dios le quedaba lejos”
Este hombre niño que le escribía elegías a los portones del Buenos Aires perdido: “Esta es una vieja elegía/ de los rectos portones que alargaban su sombra en la plaza de tierra” y que sospechaba que el tiempo en los desiertos había hallado la substancia “para medir el tiempo de los muertos”
Este ciego que nos enseñó a ver las otras dimensiones de la noche: “Dios, que con magnifica ironía me dio los libros y los noches” Este meteorólogo de las lluvias pretéritas: “la lluvia es una cosa que sin duda sucede en el pasado” Hablo de un aventurero de la eternidad, que nació entre nosotros, que nació de nosotros: “el tiempo es otro río, saber que nos perdemos como el río y que los rostros pasan como el agua” Me refiero a un contemplador de la luna de enfrente: “la luna ignora que es tranquila y clara y ni siquiera sabe que es la luna” A un enamorado de lo imposible: “entre mi amor y yo han de levantarse/ trescientas noches como trescientas paredes/ y el mar será una magia entre nosotros” Este habitante de nuestro poniente , doctorado en campos atardecidos: “el poniente no se cicatriza/ aún le duele a la tarde” Este biógrafo de malevos sagrados: “siempre el coraje es mejor/ la esperanza nunca es vana/ vaya pues esta milonga/ para Jacinto Chiclana” Este alquimista del oro y la sombra: “De hambre y de sed (narra una historia griega) muere un rey entre fuentes y jardines” Este hermano mayor de la nostalgia de mañana:“Como si hubiera una región en el que ayer pudiera ser el hoy” Este nombrador del misterio: “Detrás del nombre hay lo que no se nombra” Este mendigo de la divinidad: “Así voy devolviéndole a Dios unos centavos/ del caudal infinito que me pone en las manos” Este artesano del tiempo: “el eco del reloj en la memoria”, este mortal haciendo inventarios infinitos: “Hay una fotografía que ya puede ser de cualquiera/ Hay una piel gastada que fue de tigre./Hay una llave que ha perdido su puerta” Este amigo del más allá, que urde palabras para los polizones del acá: “¿Qué cumbre puede ser la meta?” Este hermano de los desterrados de la pobre realidad: “A veces en las tardes una cara/ nos mira desde el fondo de un espejo/ el arte debe ser como ese espejo/que nos revela nuestra propia cara” Este amanuense de la resignada esperanza: “Sé que los únicos paraísos no vedados al hombre son los paraísos perdidos”. Este topógrafo de las esquinas de Balvanera: “Sobre la huerta y el patio /las torres de Balvanera/ y aquella muerte casual/ en una esquina cualquiera”
Entre nuestros días, nuestras calles, nuestras tragedias y festividades, él anduvo. Se dedicó toda su vida al brusco don del espíritu. Por eso ahora dedica toda su eternidad a ser Borges.

7/13/2012

El Otro Mundo en este Mundo

El Otro Mundo en este Mundo
por Pedro Patzer*
 
El hombre de la prehistoria dejaba la huella de su mano en la caverna, intentaba palpar en este mundo, el otro mundo.
El griego Tiresias fue castigado con la ceguera por contemplar desnuda a una diosa (Atenea).  Sin embargo con la ceguera humana, Tiresias adquirió el don de la videncia divina.
El juego de pelota maya era sagrado, el derrotado triunfaba: era sacrificado, alcanzaba la otra vida.
El hombre siempre ha buscado en este mundo, el otro mundo; ha intentado conseguir con ojos humanos el mirar de los dioses; ha jugado en esta vida hasta averiguar la otra vida.
Y ahora… entre teléfonos inteligentes y amigos virtuales, entre filósofos del dólar  y profesionales del apocalipsis, yo intento estrecharle la mano al hombre de la caverna, ayudarle a cruzar la calle de los siglos al ciego Tiresias y asistir emocionado al sacrificio maya. Es decir, escribo poesía.


7/05/2012

MINEROS




Mineros
por Pedro Patzer
 
Ahí viene el hombre, ahí viene/ embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso/ contra la explotación, muerto de hambre, allí viene/debajo de su poncho” - escribió el poeta chileno Gonzalo Rojas, hijo de un minero.
El minero dice “haiga”, el minero dice: “al dentrar”: ¿Será que en las profundidades de la tierra hay verbos en estado puro, verbos sin reales academias, verbos con la fuerza del volcán y con el testimonio de la primera piedra del mundo, verbos con la gramática del socavón?
La tiranía de la definición indica que la minería es una de las actividades más antiguas de la humanidad, consiste en la obtención selectiva de minerales y otros materiales a partir de la corteza terrestre. Sin embargo, la definición omite que el minero es el panadero de la tierra, el jardinero de la flor del petróleo, el sacerdote que celebra la misa de la roca y el cerro escondido.
“...creadores de la profundidad,/saben, a cielo intermitente de escalera,/ bajar mirando para arriba,saben subir mirando para abajo...” (César Vallejo)
El minero integra la hermandad de los soles recónditos, la cofradía de las profundidades de la tierra, la congregación de los hombres que confunden el día con la noche, pues los ojos del minero se enfrentan al sol como virgen ante el bullicio del deseo, porque el minero es el obrero del oro de la sombra, peón de los ocasos dormidos bajo el mundo.
Juan Navarro insepulto y sepultado/ yace en el fondo de la mina oscura./ Afuera el sindicato con premura/ un grandioso homenaje ha preparado./ "Fue mártir del progreso, fue soldado..."/ Declama el intendente en su lectura/ y en solemne responso el señor cura/ lo llama "boliviano iluminado"./ De qué sirven los cirios y oraciones/ y ese cheque que firman los patrones/ y ese cura, ese juez, esa bandera?/ De qué sirve todo eso Juan Navarro/ si estás muerto y pudriéndote en el barro/ sin saber que en Oruro es primavera?” (Carlos E. Figueroa)
Minero, profanador del secreto hondo del planeta, tiene una santa de las profundidades, Santa Bárbara, y un espectro de mujer que cada tanto lo acecha, la viuda negra. Como se sabe, la mujer tiene prohibido el ingreso a la mina, se cree que si ella penetra en el socavón la maldición caerá sobre los mineros. Extraño, si se tiene en cuenta que la Pachamama, la Madre Tierra, es mujer, pero también curioso si se considera la importancia de la Palliri (mujer que selecciona los minerales) a la que Manuel J. Castilla le dedicara un poema: “Qué trabajo más simple que tiene la palliri./Sentada sobre el cáliz de su propia pollera,/elige con los ojos unos trozos de roca/que despedaza a golpes de martillo en la tierra...Qué inútil que sería decir que en sus miradas/hay un pozo de sombra y otro pozo de ausencia;/que pudo ser pastora de las nubes/ y se quedó en minera,/que pudo hilar sus sueños por las cumbres/viendo bailar la rueca” Víctor Montoya, escritor boliviano, sostiene: “Cuentan que el Tío (El Tío, deidad andina de los mineros) se enamoró de la Palliri más hermosa del campamento minero. Respondía al nombre de Soledad Chungara; tenía las trenzas largas y la piel más blanca que la porcelana china, y aunque a veces parecía una monja, mantilla blanca en la cabeza y pollera negra que le daba más abajo de las rodillas, era tenida por mujer de mala vida. Los mineros no se atrevían a mirarla a los ojos, porque decían que su desgracia estaba escondida en su belleza”
El minero es el intérprete del ancestral canto de la tierra, devenido en piedras. Él habita las hondas oficinas del planeta, allí donde las ventanas muestran los antiguos océanos de la humanidad ¿Será por eso que los mineros urden los primeros inventarios de la noche secreta del mundo?
Las manos del minero develan el antiguo testimonio del corazón del planeta, rasguean la guitarra paleolítica, tocan el viejo tambor del mundo.
Ebrio del vino de abajo, de la sangre de la tierra, del rocío planetario, el minero navega a través del río de los siglos de la roca, de ese vino, sudor de los primeros que sembraron el día nocturno de la mina, lágrimas de los que lloraron el paraíso perdido en el oro, arroyo seco de los pobres ricos que hacen tumbas llamadas minas, sangre del Cristo minero que perdura en cada piedra que el obrero del socavón trabaja, sin saber que está urdiendo con sus manos, su propia lápida.

6/25/2012

ESTACIÓN KOSTEKI Y SANTILLÁN (AVELLANEDA)





ESTACIÓN KOSTEKI Y SANTILLÁN (AVELLANEDA)
Entrar a la muerte de a dos, en un invierno de pólvora
dos rostros que crecen en los muros,
dos nombres que crecen en la historia
dos epitafios de aerosol y nadie olvida la canción
de aquel junio, en que en Avellaneda
volvieron a matar al mundo
y ellos querían alcanzar el puente
y ellos querían alcanzar el puente
Dejar de ser dos cuerpos del ayer
y comenzar a ser el espíritu de lo que vendrá:
el nombre de una estación que huela a olla popular
el dibujo de la bandera, pañuelo de las lágrimas
del otro planeta, del que aún no tiene mapas,
ni conquistados, ni arrabales, ni fronteras
y ellos querían alcanzar el puente
y ellos querían alcanzar el puente

PEDRO PATZER, POEMA PERTENECIENTE A CANCIONERO DEL TREN ROCA (VÍA QUILMES)

6/14/2012

EL LUNFARDO DE DIOS







El lunfardo de Dios
por Pedro Patzer*
 
Dios chamuya en la boca de algunos hombres, Dios habla en la boca del mendigo que nos pide una moneda, porque sospechamos que nos está reclamando un algo más, quizás romper el mundo y construirlo desde un lugar mucho más humano, o nos invita a reconocer quién es el mendigo y quién el rico, porque sólo es rico el que está lleno de cosas que nadie podrá robarle nunca:¡No hay ladrón que pueda con la riqueza de un hombre libre!
Dios chamuya en la boca de aquella muchacha que entona nanas campesinas, canciones de cuna que arropan universos pequeños, Dios habla en la boca del pescador que de a orilla en orilla, multiplica milagros paganos, mientras la lavandera enjuaga las viejas banderas de los modestos naufragios de río. Dios chamuya en el canto del pájaro, que lleva al calabozo, todas las canciones del día que el preso tiene vedadas. Dios habla en el chillar de la vieja bicicleta del anciano cartero y en la mirada de Lola, la última chamán ona. Dios chamuya en el arco iris que se burla de hermosura del riachuelo contaminado y en el pan duro, en el río seco, en el bosque devastado (ahí Dios habla con ese idioma tan parecido al silencio) Dios chamuya en el sirviñacu en que los amantes prueban que cada día es una eternidad en el amor, y habla en el que planta un árbol, en el que levanta su voz en defensa de un cerro (Famatina no se toca, suele decir Dios, en la boca de algunos riojanos) Dios chamuya en la canilla que gotea infancia en el patio de un poema de Rafael Amor y en la radio AM donde la madrugada porteña se hace voz de Dolina.
Dios habla en el crujir del bote del jangadero , en las manos heridas del minero, en el movimiento de Viracocha en el maíz, en la coca que se mastica en la puna. Dios habla en murmullo de salamanca, chamuya en la boca de ese diablo tan lleno de milagros provincianos. Dios habla en la obrera de burdel, que tal vez dice la palabra necesaria, para que los náufragos de la noche alcancen la isla del día, y chamuya en los ejes de la carreta que el juglar de los antiguos caminos se niega a engrasar
Dios habla en el solitario galopar del caballo salvaje, Dios chamuya en los ladridos del perro de campo que le da la bienvenida al forastero y al fantasma
Dios habla en la boca del anciano que nos cuenta que el mar empieza en la mirada de una mujer, y chamuya en la boca de la mujer que nos enseña que el desierto comienza en su ausencia. ¿Pero Dios existe? ¿Pero este es un texto religioso? Dios chamuya en mi duda, en mi desconcierto, en mi asombro, en el tic tac del reloj que me sigue recordando, lo poco que dura este milagro